sábado, 22 de abril de 2023

Lo extrañaba. Andaba perdida. No estaba perdida, pero así me sentía. En los días y las semanas y meses después de que José Edgardo se fue a morar con el Señor Jesucristo, me sentía perdida. No me podía hallar de cierta manera, y no sabía qué me sucedía, tampoco. Y oraba. Y lloraba.

Durante años estuve pendiente y cuidaba a mi esposo. Siempre estaba pendiente a que se tomara las medicinas, especialmente el de la epilepsia. El doctor había recalcado la importancia de que se tomara los medicamentos cada 12 horas sin fallar. A menudo, José Edgardo se tomaba la medicina una o dos horas más tarde, y yo preguntándole y pendiente. Me ponía a calcular la hora ajustada para la siguiente dosis. Con el tiempo, se tomaba las medicinas más y más tarde. Eso causaba que yo me despertara de noche y fuera a preguntarle que si se había tomado las medicinas. Se molestaba conmigo. También, pendiente a sus comidas y pendiente de la presión alta o baja ya que fluctuaba. En el trabajo, lo llamaba a menudo y si no contestaba, me iba rápidamente a la casa para ver qué sucedía y si se había tomado las medicinas a tiempo. Muchas veces se quedaba dormido profundamente, sin escuchar el teléfono. O, tal vez se le había descargado el teléfono.

Por años viví de esa manera. De repente, no tenía esa presión, lo cual era un alivio de cierta manera, y, por otro lado, me sentía culpable porque fuera un alivio. Preferiría tener a mi esposo, aunque yo estuviera bajo presión. Sin embargo, el alivio era emocional y también físico. Pero, ya no tenía a quién llamar y decir, “¡Amor, voy para casa!” Ya no estaba mi esposo esperándome, a veces con una meriendita que me había preparado. El cafecito de por la tarde. El sentarnos a platicar un ratito y mirarlo quedarse dormido. Recuerdos.

Y andaba perdida. Seguí un consejo, que leyera los Salmos, que buscara en los Salmos. Leía y escuchaba los Salmos a diaria casi y otras veces, seguía con otros libros. Empecé a ver algo importante. El Señor Jesucristo puede ser en mi vida lo que más nadie puede ser: Todo para mí. Todo lo que necesito. El Señor puede llenar mi soledad, cuidarme. Comprenderme como nadie puede ni ha podido. Mi Dios es Fiel. Cuando he andado “perdida” es porque no he recurrido a mi Señor y Salvador.

José Edgardo. Lo extraño muchísimo todavía y siempre lo voy a extrañar, pero mi Padre Celestial me ama y me cuida. ¡Cuán grande es Su Amor para con nosotros!



1Pedro 5:7 echando toda vuestra ansiedad sobre él,

 porque él tiene cuidado de vosotros.